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Interés general: El desafío humano de la universidad, por Juan Carlos de la Llera 

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Por Juan Carlos de la Llera.

Ingeniero civil UC y doctor en Ingeniería Estructural de la Universidad de California, Berkeley, es reconocido mundialmente por sus investigaciones en aislamiento sísmico. Fue decano de la Escuela de Ingeniería UC, período en que impulsó una profunda renovación curricular y duplicó la presencia de alumnas en la facultad. Hoy, como Rector de la Pontificia Universidad Católica de Chile, conduce a la institución con foco en el descubrimiento, la creación, la reflexión y el servicio para contribuir a transformar Chile.

En la foto: Juan Carlos de la Llera, Rector de la Pontificia Universidad Católica de Chile.

Lo humano y lo tecnológico siempre han caminado entrelazados. Aprendimos a pensar de otra manera cuando creamos el hacha, dominamos el fuego, inventamos la escritura y multiplicamos la palabra escrita con la imprenta. Cada tecnología cambió lo que significaba saber, recordar y transmitir. La historia de la humanidad es también la historia de las técnicas que hemos creado. Por eso conviene cuestionar la idea de que hoy debemos elegir entre formar en humanidades o en tecnología, como si fueran caminos opuestos. Nunca lo han sido ni lo serán. Lo que sí cambia con cada salto tecnológico es la pregunta que toca hacernos como especie, y la inteligencia artificial nos la plantea de un modo incómodo. Nos obliga a preguntarnos cuáles de nuestras capacidades siguen siendo irreductiblemente humanas: crear, razonar, decidir, juzgar, sentir, tener conciencia.  

La interrogante, entonces, es hasta dónde queremos llegar nosotros con la inteligencia artificial. ¿Qué capacidades estamos dispuestos a delegar en esta nueva tecnología y cuáles necesitamos preservar y cultivar porque somos sus creadores? En ese territorio se instala Magnifica Humanitas, la reciente encíclica del Papa León XIV. Frente a una revolución tecnológica, desplaza la mirada desde la capacidad de la máquina hacia la persona. La inteligencia artificial importa, por supuesto, pero importa todavía más aquello que su avance nos obliga a volver a mirar. Me refiero a nuestra libertad, nuestro sentido, nuestro juicio, nuestra capacidad de construir una vida en común. Vista así, la encíclica interpela de manera especial a las universidades, promotoras del conocimiento en un sentido amplio.  

Chile lleva décadas celebrando una conquista fundamental en el sistema de educación superior. Cada vez más personas acceden a ella. Pero justo cuando logramos abrir sus puertas, la inteligencia artificial nos obliga a preguntarnos qué manera de pensar enseñamos. ¿Qué capacidades cultivamos? ¿Qué clase de seres humanos necesitamos formar para habitar un mundo inundado por los datos, la inteligencia artificial y la robótica, y contribuir a que ese mundo crezca en humanidad y empatía?  

La tecnología avanza a una velocidad que desborda nuestra capacidad colectiva de deliberar sobre sus consecuencias. Cada semana aparecen herramientas que prometen simplificar tareas, acelerar procesos y ofrecer respuestas en segundos. Hay, sin duda, algo seductor en esa promesa, pero también algo que debería inquietarnos. Cuando el resultado llega sin que haya mediado el esfuerzo humano de buscarlo, lo esencial puede quedar en el camino. Se trata del goce del proceso, la experiencia de enfrentarse a una dificultad intelectual y atravesarla, de tolerar la incertidumbre y de construir una comprensión propia del mundo.  

Hace poco más de un año, un equipo del MIT Media Lab puso números a esta intuición. Pidieron a un grupo de estudiantes que escribiera ensayos con ayuda de un modelo de lenguaje mientras monitoreaban su actividad cerebral con electroencefalografía. Quienes se apoyaron en la inteligencia artificial mostraron menor conectividad neuronal en las zonas asociadas a la memoria y la atención, y más de ocho de cada 10 fueron incapaces de recordar una sola frase del texto que acababan de producir. Sus profesores, sin saber a qué grupo pertenecía cada ensayo, los describieron como correctos, pero sin alma. Los investigadores llamaron a este fenómeno “deuda cognitiva” y advirtieron que cuando dejamos de ejercitar el pensamiento crítico esa capacidad se debilita.  

El Papa León XIV sitúa ahí una diferencia fundamental. Por sofisticados que sean estos sistemas, procesar información, reproducir formas de razonamiento o simular sensibilidad no equivale a vivir una experiencia humana. El aprendizaje humano deja marcas, transforma el intelecto y modifica nuestra comprensión de nosotros mismos y del mundo.  

Crear lo que no existe

Las universidades trabajamos con datos e información, pero nuestra verdadera tarea comienza cuando lo disponible deja de ser suficiente y aparece la necesidad de crear nuevo conocimiento. Es ahí donde surgen las preguntas inéditas, la exploración de márgenes desconocidos, el cuestionamiento de certezas y la posibilidad de ampliar las fronteras de lo posible. La inteligencia artificial nos obliga a cuestionarnos cuánto de esa tarea sigue siendo humana y cómo debe la universidad cultivarla.  

La pregunta más difícil es qué le ocurre a la vocación de investigar cuando la respuesta puede llegar incluso antes que la tarea de formular correctamente la pregunta. ¿Qué pasa con la creatividad cuando formas artificiales de creación desafían el resultado de crear? ¿Qué sucede con el pensamiento crítico cuando delegamos la deliberación en sistemas automatizados, que carecen de humanidad y conciencia?  

Estas preguntas tienen consecuencias sobre la forma en que diseñamos nuestros programas formativos, evaluamos estudiantes y concebimos el rol del docente y el aprendizaje. Exigen respuestas que van más allá de incorporar cursos de ética sobre el uso de la inteligencia artificial, aunque esos cursos sean necesarios. Hoy la misión universitaria consiste, una vez más, en cultivar una cultura humanista, reflexiva y profunda, capaz de orientar el progreso tecnológico y ponerlo al servicio de la humanidad.  

Algo similar está ocurriendo ya en la elección misma de qué estudiar. En Estados Unidos, la matrícula en carreras de ciencias de la computación cayó más de un ocho por ciento este año, justo cuando la inteligencia artificial se volvió capaz de escribir buena parte del código que antes requería conocimientos especializados. Los estudiantes están respondiendo con rapidez a una pregunta que las universidades apenas comenzamos a formular con la profundidad que merece. ¿Qué disciplinas y, sobre todo, qué capacidades seguirán siendo insustituibles cuando las máquinas asuman cada vez más tareas técnicas? La respuesta nos obliga a preguntarnos qué clase de formación integral prepara a una persona para un mundo incierto que depara tantas sorpresas.

El tamaño del cambio tiene, además, un ritmo que nuestros procesos formativos no están acostumbrados a seguir.   

Un análisis reciente de PwC sobre más de mil millones de ofertas de empleo en 27 países muestra que las habilidades requeridas en los trabajos más expuestos a la inteligencia artificial cambian a más del doble de velocidad que en el resto del mercado, y que esa brecha creció un 75% respecto del año anterior.

El mismo estudio encontró que los puestos de entrada más expuestos a la inteligencia artificial tienen hoy siete veces más probabilidades de exigir habilidades que antes solo se pedían a quienes ya tenían experiencia profesional, como el liderazgo o el juicio. La estructura tradicional, en la que una persona aprendía una profesión u oficio escalando peldaño a peldaño, se está comprimiendo.

Esto significa que formar hoy exige preparar a un egresado para desplegar, desde su primer empleo, capacidades que, hasta hace poco, distinguían a un profesional senior.  

Entre quienes investigan estas tecnologías sigue abierto un debate de fondo. ¿Pueden los grandes modelos de lenguaje ampliar las fronteras del conocimiento o su potencia reside en combinar, relacionar y reformular aquello que ya ha sido producido? Las universidades existimos para cultivar esa capacidad humana creadora. Formamos personas con la imaginación necesaria para ver lo que otros no han visto. Profesionales capaces de adaptarse, con criterio, a nuevas situaciones. Ciudadanos que interpelen la información y la traduzcan al servicio de la comunidad. Eso requiere tiempo y experiencia. Requiere haberse enfrentado a problemas difíciles sin soluciones inmediatas. Requiere, paradójicamente, aprender a prescindir de la herramienta en ciertos momentos, para que la herramienta no termine nublando el proceso que le dio su valor.

Defender lo que una universidad es

Formar personas capaces de darle dirección a la inteligencia artificial exige defender la reflexión pausada frente a la respuesta inmediata, sostener el valor del esfuerzo intelectual en un mundo que busca atajos y fortalecer el discernimiento. El Papa León XIV recurre a Nehemías para proponer una imagen sugerente. La de mirar de frente las grietas de nuestro tiempo y reunirnos en torno a la tarea de repararlas colectivamente. Esa es también una tarea universitaria. Leer el presente en toda su complejidad, intervenir en él y abrir caminos frente a los desafíos que plantea.  

Esto significa involucrarse en el debate público sobre la evolución y regulación de la inteligencia artificial. Significa producir investigación que ilumine las consecuencias sociales, éticas y culturales de esta tecnología extraordinariamente poderosa. Significa formar a quienes diseñarán los sistemas del futuro, con la conciencia de que cada decisión de diseño implica también una decisión moral. La evolución tecnológica nos devuelve, sorprendentemente, al corazón mismo de la educación, a la pregunta sobre qué tipo de personas queremos ser y qué tipo de sociedad queremos construir.  

Las universidades tenemos una responsabilidad central en esa respuesta. Somos uno de los pocos espacios de la sociedad capaces de formular estas interrogantes con la profundidad y la honestidad que requieren. Lugares donde el conocimiento se construye con rigor y humildad, desde una vereda neutral y con independencia de toda coacción ilegítima.  

La reflexión que propone Magnifica Humanitas es muy valiosa, porque devuelve el debate a su centro, es decir, a la dignidad de la persona como horizonte irrenunciable de todo progreso genuino. Ese es el paradigma desde el que las universidades debemos pensar hoy nuestro rol. Con la convicción de que la tecnología más poderosa e irreemplazable que tenemos a nuestro alcance es la capacidad humana de crear, razonar, decidir, juzgar, sentir y, por encima de todo, de construir conscientemente, juntos, ese mundo más justo que anhelamos.  

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