
El escenario internacional ha vuelto a recordarnos una verdad que, aunque no queramos, se hace cada vez más evidente: la estabilidad no es la norma. El recrudecimiento del conflicto en Medio Oriente ha generado un impacto inmediato en los mercados.
Este tipo de eventos está lejos de agotarse solo en el ámbito geopolítico. Se traduce en inflación, en incertidumbre para la inversión y en una caída en las expectativas de crecimiento.
Organismos internacionales han advertido que situaciones de esta naturaleza tienen efectos económicos más profundos y persistentes que las crisis financieras tradicionales, lo que refuerza la idea de que enfrentamos un cambio estructural en la forma en que se configuran los riesgos globales.
Chile, por cierto, no está al margen. Aunque mantiene equilibrios macroeconómicos relevantes, su condición de economía abierta lo hace especialmente sensible a estos shocks. Si hace unas semanas las expectativas de crecimiento se acercaban a un 3%, hoy algunos señalan que será difícil alcanzar el 2%, postergándose, además, la convergencia inflacionaria hacia su meta recién para 2027. Efectos, todos, de un entorno más exigente.
Este contexto ha coincidido, además, con el inicio de un nuevo gobierno en Chile, que ha debido enfrentar un escenario significativamente más complejo que el previsto. El optimismo inicial ha dado paso a un clima más tenso, con decisiones que han reactivado la discusión pública. Se prolonga la tendencia de los últimos años, en que las agendas particulares han prevalecido sobre las visiones compartidas. Ello ha contribuido a entrabar el debate y a profundizar la polarización, así como a mantener esa crónica incapacidad de ponernos de acuerdo en lo importante. Y así no se avanza.
El deterioro del ánimo social es un reflejo de esta situación. Según mediciones recientes, el pesimismo volvió a superar al optimismo en Chile por primera vez en 44 semanas. Este dato no es menor, porque las expectativas moldean decisiones, y las decisiones determinan el rumbo de los países y su gente.
Pero es precisamente en momentos como estos cuando el entorno se vuelve más complejo y desafiante, que aflora y se forja el carácter de un país. El carácter no se define en la bonanza, sino en la adversidad, cuando hay que tomar decisiones difíciles. Y aquí se vuelve indispensable una capacidad que ha sido históricamente una fortaleza de las naciones que logran avanzar: pensar distinto, con la mirada puesta en el futuro. Pensar distinto implica construir un proyecto país con audacia, con ambición, con inconformismo. Exige, además, tomar decisiones basadas en evidencia, con sustento técnico, generando certezas y privilegiando el bienestar de largo plazo por sobre soluciones inmediatas pero insostenibles. Y no basta con la técnica y la visión, sino que se requiere algo igualmente complejo, como ser flexibles, resilientes, creativos y, sobre todo, tener la vocación de construir acuerdos.
Chile ha ido perdiendo algunas de esas capacidades. Más allá de mantener la inflación en torno al 3%, carecemos de metas claras en materias fundamentales: crecimiento, empleo, seguridad, calidad educacional, listas de espera en salud y un largo etcétera. ¿Cómo es posible que hayamos “normalizado” un desempleo tan alto y un crecimiento por debajo de nuestro potencial y bajo el promedio global en los últimos años? Lo hemos dicho insistentemente: un país sin metas, sin propósito, es un país que deja de proyectarse a futuro.
Escribo estas líneas en un momento en que se anuncian medidas para reactivar la economía y, por otro, donde el crecimiento ha vuelto a ser la prioridad número uno para los chilenos, incluso por sobre la seguridad, de acuerdo con recientes encuestas.
Que exista consenso en que el crecimiento es prioridad es una buena noticia. Le da sentido de urgencia, en momentos donde siempre es bueno recordar la necesidad de priorizar, poner foco. Pero el consenso sin acción es solo ruido bien intencionado. Es clave entender que no crecer no solo significa no avanzar, sino que para muchos es retroceder, principalmente para quienes pertenecen a los sectores más vulnerables del país.
Reactivar implica realizar los cambios necesarios para permitir que se despliegue toda la fuerza del emprendimiento, de grandes y pequeñas empresas. Mayor actividad traerá mayores oportunidades para tantos, especialmente a esas casi 900 mil personas que quieren y no pueden trabajar. Cifra que no puede convertirse en una fría estadística. Tras ella hay proyectos de vida en espera, sueños que van aplazándose indefinidamente, familias sin protección social, padeciendo una dolorosa falta de certezas.
En esta línea, es muy relevante impulsar también modificaciones que permitan ofrecerles a los inversionistas un escenario tributario competitivo, estable y más simple. Una estructura pro-crecimiento, que sea alcanzada por un amplio consenso, algo necesario para dar estabilidad hacia el futuro.
Más allá de la diferencia de ingresos entre los países, es clave su capacidad de adaptación frente a entornos inciertos. Más que Estados desarrollados y en desarrollo, hoy emerge otra distinción más relevante, aquellos que responden con agilidad y anticipación, y aquellos que reaccionan tarde. Los primeros leen las transformaciones y se preparan; los segundos, se empantanan. Y pareciera que Chile sufre de ese estancamiento tan propio de sociedades que han preferido la comodidad del diagnóstico a la incomodidad de la acción.
En este desafío, el sector privado cumple un rol esencial al impulsar y ser un motor de desarrollo económico, social y ambiental. Para que ese aporte sea sostenible, es clave que las empresas y otras organizaciones cuenten con una mirada de largo plazo que les permita anticiparse a los cambios, tomar decisiones responsables y generar valor de manera consistente.
Así lo hemos entendido en Empresas Copec. Nuestra cultura de pensar en décadas y desarrollar nuestros negocios con un sentido trascendente nos ha permitido avanzar en nuestro proyecto empresarial. Esto significa seguir liderando mercados, ser una compañía cada vez más global, abrir nuevos negocios y alcanzar nuevas geografías, desarrollar iniciativas para dar escala a las operaciones, liderar la transición y eficiencia energética en Chile, en un área de actividad que marcó el origen de esta Compañía, entre tantas tareas que realizamos para crear valor, para cumplir nuestro rol en la sociedad, incluso en escenarios complejos como los que estamos enfrentando.
Construir empresa en tiempos de transformación exige audacia. Durante años operamos bajo supuestos de estabilidad que hoy ya no existen. La incertidumbre dejó de ser una excepción para convertirse en una constante. La capacidad de adaptación, entonces, hoy se ha transformado en una ventaja competitiva fundamental. Visión, disciplina, audacia, adaptación. Atributos que también se requieren para que un país avance.
Lo hemos dicho en estas páginas, Chile tiene una gran oportunidad gracias a sus recursos y talentos, pero hay que ser ambiciosos y proyectarse con mayor decisión. No son tiempos para la tibieza. Porque el carácter de un país no se mide en los momentos fáciles, sino en su capacidad de actuar con responsabilidad y coraje cuando el entorno se vuelve desafiante.
Y es precisamente en esos instantes cuando se define lo que somos y lo que podemos llegar a ser. No hay que esperar el momento perfecto, el único momento es ahora. Acción.


